CUENTOS: Estudiante

Estudiante es el primer cuento de una serie antigua de relatos cortos que escribí entre los años 1996 y 2000. En esta serie, de la que iré añadiendo una selección de los que considere más adecuados (o menos «malos»), no haré correcciones y los pegaré «tal cual» salieron de mi ya destartalada mente, a finales de aquella década, aquel siglo y aquel milenio. Década extrañamente insulsa, si la comparamos con las 3 anteriores, creo yo.

ESTUDIANTE

Había en aquella ciudad, un músico que no entendía la música que escribía o interpretaba. Tampoco entendía la música que otros habían hecho.

Decía que Hendrix era un genio, porque tuvo un profesor de música, de los liberales, que así lo aseguraba. Decía que Mozart era un genio y que Salieri lo odiaba, porque lo vio en una película americana. En realidad, no entendía nada.

Tenía un amigo pintor que no entendía nada de lo que veía, y no sabía que pintaba. Decía que pintar era contar algo. También, un amigo escritor que sufría del mismo mal y que había leído a Joyce e incluso a Platón. Nunca a Borges. Decía que aquel, y éste, y el otro eran geniales, pero no había entendido ni una frase de nada de lo que leyó. Y no entendía lo que él mismo escribía.

Aún había más. Frecuentaba el pequeño club un biólogo que afirmaba que la naturaleza era muy sabia, y que los leopardos y los grillos tenían también alma y por ello, también tenían derecho a vivir. Y dejó de frecuentar el club un filósofo que emigró a unas montañas distantes, donde vivían unos monjes de cabeza rapada y jerga ininteligible, porque creía que la lejanía de La Verdad era física. También el músico tenía un tío geógrafo, frustrado por no haber topado nunca, al caminar siguiendo un rumbo fijo, con meridiano o paralelo alguno. Su hijo delineante, sostenía que las cosas tenían metros, y que era debido a la incompetencia de los científicos el hecho de que no se hubiera aún descubierto la plantilla, que todas las cosas deben llevar encima.

Todos ellos habían estudiado en centros de reconocido prestigio. Reían y eran felices gran parte del tiempo, porque sesudos profesores habían derramado luz de sabiduría en sus almas, cuando las albergaban cuerpos aún onanistas en exceso. Tenían el reconocimiento, y esgrimían títulos donde estaba escrito » El excelentísimo don Fulano…..certifica..» o «El Rey Tal de Tal Sitio….asegura…». Los esgrimían como argumentos indestructibles, en discusiones con otros, titulados o no. Eran cetros de poder, que ejercían el poder, como la porra de un guardia que obliga a callar.

La madre del músico, mujer de  principios  y carácter fuerte, reconocido -esta vez sin título- era mujer que presumía de buena conversadora, apreciaba las discusiones y debates interesantes, y aseguraba que la retórica y el buen uso del lenguaje eran cosas que ya casi se habían perdido. Ella sostenía haberlas conservado intactas a la acción de las corrientes destructoras modernas, cuyos mecanismos de abrasión eran un secreto que, parece ser, sólo ella conocía. Tenían, eso si,- y esta observación se desprende más de la pura intuición, que de otra cosa- bastante que ver con aquellos procesos que habían hecho del amor y el sexo «natural» algo sucio. También estos procesos se regían por leyes ocultas que  sólo ella conocía, y sus  mecanismos eran esbozados, cuando se requería alguna explicación, haciendo gala de un estilo críptico que recordaba a textos esotéricos o películas suecas. Ella se regocijaba en su capacidad para desarmar, con un solo mandoble de su lógica, a cualquier interlocutor impertinente que se atreviera a discutir sus argumentos. Y lo hacía de verdad. Dejaba boquiabierto al desprevenido contrincante, incapaz de articular palabra alguna tras el último golpe de La Madre. Pero esto era porque la mujer, que no entendía tampoco nada de lo que oía, leía o veía, al sentirse acorralada, escupía con una calma desesperanzadora, el anacoluto más grotesco, que dejaba perplejo al enemigo. Éste, antes de sospechar siquiera las deficiencias perceptivas, o de procesamiento, o volitivas de La Madre, enmudecía, palidecía, sudaba, trastabillaba y optaba por callar. Triunfo completo.

El músico, que estaba casado con una mujer de inmejorable posición, fiel y complaciente, ambiciosa, se acostaba todos los días sabiendo que al día siguiente se despertaría con esa sensación de seguridad con que se desperezan los iluminados. Él ,era mejor que sus amigos.

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